La casa de Margarita

El verano llegó y yo fui a conocer la casa inundada.

Era grande, linda, antigua, pintada de blanco. Los muebles eran modernos. Me recibió Margarita sentada en un kayak. Nos dimos un beso y ella me invitó a remar para recorrer la casa.

Nunca había  visto algo así. Sus libros flotaban, mientras se desintegraban en el agua. Luego encontramos el sótano. Fuimos a ver cómo andaba todo por ahí.

Había mucho agua, andaban nutrias, entre otros animales. Más tarde, la señora me invitó a recorrer las habitaciones inundadas. Fuimos por la primera habitación.

Luego la señora me dijo si quería hacer una novela sobre la casa inundada. Y yo sorprendido le dije:-¡CLARO QUE SÍ! ¿por qué no?-.

Un tiempo después de escribir la novela, salió en todas las bibliotecas y me hice famoso.

T.D.L.C

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Obra adaptada del libro “Ganas de tener miedo” de Franco Vaccarini, dramatizada por alumnos de 5° y 6° año de EP N°1

 

Julián  – Che Walter, tengo ganas de tener miedo. 

Narrador – La voz de su amigo Julián lo sacó del sopor de la siesta, estaba apoyado contra una pared, de frente al jardín, acariciados por el sol tibio del mes de julio, mes de vacaciones y de holgazanerías. 

Narrador – Julián y Walter tienen doce años, andan de un lado a otro sin saber qué hacer. Pronto se irán a vivir a la ciudad para empezar la secundaria, y el campo, la verdad, les parecía chato y aburrido, por más pajaritos, naturaleza y vacas que hubiera. 

Walter – No saben lo aburrida que puede ser una vaca. La colorada, por ejemplo es capaz de mirarte fijo y sin expresión horas enteras.

-Mi papá tiene un cuaderno de tapas verdes donde anota prolijamente cada vaca por su nombre de pila. Ahí lleva una especie de ficha clínica: vacunaciones, pariciones, fecha de la última visita al toro (un cara de malo que se llamaba manchón), etc. La elección del nombre no era azarosa: papá tiene en cuenta su tamaño (la grandota, la chiquita), algún problema físico (la renga) y el carácter (la mañera y la vanidosa) por ejemplo. 

Narrador  – Esa tarde, bajo el sol de la siesta, en plenas vacaciones de julio, ellos se parecen a las vacas. Estaban hartos de sentirse aburridos, pero les gusta la sensación del sol sobre la piel y dejarse estar sin hacer nada, bovina y pacíficamente, rumiando planes para su futura mudanza a la ciudad… pero ahí esta Julián, fastidiando con sus comentarios. 

Julián – Te digo que tengo ganas de hacer algo raro. No sé…ir a visitar la tapera del ahorcado. 

Walter – Estás loco, no me digas que crees en esas pavadas. 

Julián – Bueno, pero algo hay que hacer. ¿O vamos a pasarnos las vacaciones tomando sol? 

Narrador – A Walter personalmente, la idea de quedarse así, espalda contra la pared, tibio y medio dormido, no le producía rechazo. Pero era cierto que algo tenían que hacer. La idea de ir a la ciudad era lo único que ocupaba su interés, entonces, se ponían ansiosos. Esa parte de sus vidas se tornó muy lenta. Querían terminar rápidamente séptimo grado. Tener a mano quioscos para comprarse alfajores, conocer chicas, ir al cine, eso para ellos era la ciudad. Ya no les gustaba la escarcha de los piletones ni ayudar a su papá en los trabajos de campo: dar de comer a las gallinas, vacunar a los terneros… en fin, todo eso había perdido su encanto.

Lo que sí les gustaba era leer por las noches. Hacía muy poco Walter había leído Crónicas Marcianas de Ray Bradbury, y había quedado soñando con esos veleros que navegaban por la arena. De noche, tuvo pesadillas.

 Walter – Si querés tener miedo te puedo prestar un libro.

Julián – ¡Salí! , el día que yo agarre un libro de esos que vos lees, se va a terminar el mundo. – Walter quiero que vayamos a la tapera del ahorcado. 

Walter –   También podemos despertar a mi viejo de la siesta. Le golpeamos la ventana y salimos corriendo antes de que nos vea. Eso sí que sería de terror. 

Narrador – Walter analizó la propuesta de Julián. La tapera del ahorcado quedaba a unos quinientos metros, cortando camino por el campo de su papá hasta llegar a la chacra que pertenecía al ahorcado, o a sus sucesores, a los que nadie había visto nunca. 

Narrador – Era una historia triste, pero perfectamente comprensible. Los vecinos comentaban que hacía mucho tiempo había vivido allí el Vasco Garmendia. Estaba solo desde la muerte de su esposa, y no era de hablar mucho ni de tener amigos. Un día, decidió ahorcarse, decidió poner fin a su existencia. 

Julián – Sí,  esa historia es la que cuentan los chicos en la escuela, pero ocurrió hace tanto tiempo que nadie conoció al Vasco Garmendia personalmente. Su campo quedó abandonado y así nació la leyenda de la tapera del ahorcado, que cada tanto, hace una aparición fantasmal, ya sea presentándose en el en el camino, de noche, a los que pasean a caballo o en sulki. Dicen que se te presenta y te dice cosas incoherentes hasta que desaparece en el aire. 

Julián – Sí, también dicen que es muy celoso de su tapera y que guarda terribles sorpresas para los intrusos. 

Walter – Bueno yo no creo en esas cosas, y pienso que vos  tampoco. Pero bueno tenes razón, son las vacaciones de invierno, estamos en el medio del campo y queremos vivir experiencias interesantes para contarles a las chicas que conozcamos en la ciudad. 

Julián – Entonces no demos más vueltas, lo único que tenemos a mano es la tapera del ahorcado. O despertar a tu papá de la siesta. 

Walter – Bueno ¿Y qué propones? 

Julián – Que esta noche vayamos a la tapera del ahorcado. 

Walter – Estás loco. 

Julián – Pensá que el año que viene vamos a impresionar a las chicas de la ciudad con semejante aventura ¡EL ENCUENTRO CON UN FANTASMA! 

Narrador -Esa argumentación lo convenció así que aceptó, pero el asunto presentaba múltiples inconvenientes.

Por empezar, ¿Cómo iban a salir de noche? 

Julián – Ya sé,  pidamos permiso para cazar pajaritos en el monte como lo hacemos siempre. 

Julián – Les pido permiso a mis papás para quedarme a dormir en tu casa. 

Narrador – Los padres de Walter no pusieron reparos para que realizaran la cacería, salvo exigirles que  volvieran ante de las once.

Narrador – Después de cenar, cargaron en un morral su equipo de exploración: linternas, pilas, pasamontañas y bufandas por si tenían frío, y semillas de girasol. Para disimular, agarraron las hondas y unos balines.

Se pusieron en marcha. 

Walter – Tofí, ¿ nos acompañás?, a mí me tranquiliza su presencia porque Tofí es desconfiado, huele todo y, si sospecha algo raro, no para de ladrar.

Dieron unas vueltas en el monte para disimular y, por fin, tomaron el campo para cortar camino hasta la tapera. 

Julián – ¡Hace mucho frío! 

Walter – Sí, ¿y viste que oscura está la noche?, apenas se ve una estrella. 

Walter – Muy bien Tofi, seguí olfateando. 

Julián – No te preocupes, son sólo unos minutos; vamos, miramos y volvemos. 

Walter – Ah,  suena muy simple. 

Narrador  – El coraje de Walter estaba vacilando. Pensaba todo el tiempo cómo podría encontrar un motivo digno para interrumpir la aventura.

Una vez en la chacra del Vasco, comenzaron a caminar en silencio, conteniendo la respiración.

De pronto en los matorrales les pareció ver una luz.

Y Tofi comenzó a ladrar. 

Julián -¿Walter viste lo mismo que yo?

Narrador –  Walter ni le contestó. Había quedado paralizado. 

Walter – Ahora se apagó. 

Walter – Volvamos. Hay gente en la tapera. 

Julián – Ni loco, vinimos a tener miedo. 

Narrador –  Walter decidió no pensar quién podía vivir en ese rancho. 

Walter – Sí, pero ésto es miedo en serio. Es peligroso. Apagaron la luz cuando oyeron los ladridos de Tofi. 

Julián – Si querés, volvé solo. Pero te digo que para mi fue una luciérnaga ¿Quién te crees que puede vivir en ese rancho hecho trizas? 

Narrador –  Tofi olfateaba, pero ya no ladraba. Saltaron una tranquera y tuvieron el rancho a la vista. La cal de las paredes brillaba en la oscuridad, se acercaron a lo que parecía ser un aljibe abandonado. 

Julián – (alumbra con la linterna y mira hacia abajo) Está lleno de ranas. 

Walter –¿A ver? dame la linterna. 

Narrador  – Las ranas se removieron inquietas y sintieron un escalofrío en todo el cuerpo. 

Walter – Suficiente. Ya tengo miedo, rajemos. 

Julián – No estoy de acuerdo. Bueno, no estoy del todo de acuerdo… 

Narrador – Julián ya no se mostraba tan seguro, eso aumentó las ganas de irse de Walter.

Entonces Tofi ladró nuevamente. 

Del susto Walter casi se cae dentro  del aljibe  y Julián reprimió un grito. 

Walter – Vamos a vivir una noche inolvidable para impresionar a nuestras futuras amigas del secundario. 

Julián – Tenés razón, vinimos a tener miedo, a vivir una aventura. Creo que lo primero que tenemos que hacer es entrar y ver si hay alguien adentro. 

Narrador – A pesar de la situación Walter se rió, esa era la parte desconcertante de su personalidad: al ver que Julián estaba más asustado que él, cambió de idea, iban a quedarse, iban a entrar en la Tapera del ahorcado.

Narrador – Se alejaron del aljibe e ingresaron en una zona llena de canteros desprolijos; flores y muchos yuyos.

 Narrador – Finalmente llegaron a la puerta, un puerta de madera podrida, con los vidrios rotos y los postigos abiertos.

 Narrador – Julián se quedó quieto, Walter también, Tofi olfateaba el piso de ladrillos, fiel a su plan. Ambos chicos no sabían qué hacer.

 Walter – ¡Qué tristeza tanto abandono!

 Julián – ¿Fuiste vos?

 Walter – No me bromes, fuiste vos.

 Narrador – Entonces la puerta se abrió.

 Narrador – La puerta se abrió, pero no había nadie ante ellos.

 Narrador – Entonces una tercera vos aclaró…

 Nicasio – Fui yo

 Narrador – Un hombre extraño, barbudo y viejo, apareció bajo el marco de la puerta.

 Nicasio – Me llamo Nicasio ¿y ustedes?

 Narrador – Lo único  que los salvó de no volverse locos de pánico, es que el bobo de Tofi le movía la cola al desconocido. Y si Tofi movía la cola, todo estaba bien. Porque, para desconfiado, Tofi.

 Walter – Yo me llamo Walter.

 Julián – Y yo Julián.

 Nicasio -¿qué hacen por aquí?

 Julián – Es que estamos de  vacaciones y  el campo ya nos resulta  muy aburrido,  entonces  nos dieron ganas de hacer algo diferente, excitante.

Walter – En este lugar hace mucho tiempo se ahorcó un hombre. ¿Usted lo sabía?

Nicasio – Los caminantes sabemos esas cosas, sí. Pero no le damos importancia. Bueno pasen o se van a quedar ahí parados?

Narrador – Nicasio prendió una vieja lámpara de Querosén, su mecha alumbraba lo suficiente para verse las caras.

Nicasio – Siéntense.

Narrador –  En un abrir y cerrar de ojos, el caminante encendió una pila de ramas y puso sobre ellas una pava renegrida.

Narrador – Nunca habían conversado con un croto, pensaron que iban a tomarse unos mates y luego se irían a casa.

Pero Nicasio comenzó a contarles historias, unas historias…

Nicasio –Claro que conozco la leyenda de este lugar. Sí, hace mucho tiempo aquí se ahorcó el dueño, el Vasco Garmendia. Es cierto. Se ahorcó en la higuera; estaba viejo y desengañado. Su esposa había muerto; sus hijos, grandes, vivían en la ciudad y apenas si venían a visitarlo. Ellos querían llevárselo a la ciudad, pero él no quería, es por eso que un día vaya a saber uno por qué, decidió terminar con todo.

Narrador – Se hizo un silencio; Julián y Walter estaban conmovidos.

Nicasio carraspeó y aligerando su tono de voz, dijo…

Nicasio – Pero la historia  más horrenda no es  esa, pero tal vez  no deba contársela…

Julián – ¡Por favor cuéntela!

Nicasio- Se dice que todavía anda rondando por acá su espíritu  y que es por eso que nadie se ha atrevido a pisar nuevamente este campo.

Walter – ¿Y usted cómo sabe todo eso?

Julián –  si sabe  eso, ¿por qué  vino?

Nicasio – Me lo contó alguien que logró escapar de esas cosas horrendas que pasan en este lugar.

Narrador – Walter y Julián empezaron a sentir un escalofrío que les corrió desde la cintura hasta el cuello, miraron a su alrededor y todo era oscuridad. Tanto era el miedo que tenían que no habían reparado que Nicasio ya no estaba con ellos, no había ni rastros del croto, ni del fuego, ni de la lámpara, en realidad se dieron cuenta de que hacía mucho frío, un frío espantoso.

Walter – Ju, Ju , Julián qué  está pasando? ¿Dónde está Nicasio?

Narrador – Disimulando su miedo, Julián respondió:

Julián –  Sólo debe querer asustarnos, no te preocupes. (Mira a los costados con miedo)

Al decir ésto, los sobresaltó un ruido de hojas aplastadas.

Walter –¿ ¡Escuchaste!?

Narrador  – Silencio…  Ruidos…  Silencio…

Y otra vez los pasos…

Narrador  – Ese sonido sólo podía significar una cosa:

Alguien se estaba acercando a la tapera.

Julián –¿ Es usted Nicasio?,  por favor no nos haga más bromas.

Nicasio – (con voz ronca) ¿Qué sucede con aquellos seres que, después de morir siguen reclamando algo que les perteneció en este mundo?

Julián y Walter – (Dijeron a la vez) –  ¿Quién es usted, qué quiere?

Nicasio – Quiero que me dejen en paz… Pero antes quiero dejarles una historia para que les cuenten a las chicas de la ciudad.

Mírenme y no se olviden de mi cara.

Narrador -Nicasio se saca su disfraz y Walter al borde de las lágrimas vio la cara de su padre y detrás lo toma una mano, era su madre.

Narrador: muchas veces tenemos ganas de tener miedo, pero cuando en realidad lo sentimos, todas esas ganas desaparecen como por arte de magia.

Gracias Franco por escribir una historia que nos identifica.

 

 

 

La mansión de las tumbas

Cierto día,  un grupo de estudiantes fallecieron en un terrible accidente automovilístico. En ese lugar,  un señor mandó a construir una casa.

La gente estaba muy enojada porque ahí habían muerto sus familiares.

Pasó el tiempo y la gran casona se terminó de construir.

Una tarde, unos niños llamados Juan y Francisco se atrevieron a entrar a ella sin permiso.

Al entrar, se encontraron con un lugar oscuro, donde sólo se podía ver el resplandor de unas velas.   Caminaron despacio y se encontraron con muchas tumbas en una terrible habitación. Sorprendidos, los chicos las observaron. Se dieron cuenta que tenían los nombres de las personas fallecidas en el accidente.

De repente, se sintieron fuertes pisadas; eran del dueño de la casa. Tenía una cara  temible y Francisco se estremeció al verla. Salieron corriendo, subieron las escaleras asustados y  empezaron a cerrar las puertas y ventanas. Se escondieron debajo de una cama. El señor comenzó a gritar  y ellos temblaban del susto.

Luego de unos minutos, rompió el picaporte de la puerta y los encontró debajo de la cama. Los empezó a correr por toda la mansión, mientras ellos gritaban.

Finalmente, una voz dulce le dijo a Juan:

-Juan, soy Francisco, despertá que llegamos tarde a la escuela.

P.C.

Una extraña aparición

Nunca había creído en los espíritus hasta que, hace un par de meses, fui con mis amigos al cementerio  una noche fría y oscura.

Al llegar nos pusimos a jugar a la escondida. Fui la elegida para contar.

Cuando terminé, escuché un ruido en la zona de los nichos más antiguos y me dirigí hacia allí  esperando encontrar a alguien. Pero no fue así.

Al principio, no veía nada; aunque poco a poco, me fui acostumbrando a la oscuridad. Fue así que lo vi.

Era un niño que parecía estar muy melancólico.

Me quedé asombrado…

Enseguida pensé qué haría ese niño allí.

Antes de que pudiera decir algo, el niño se esfumó en el aire.

En ese momento, sentí miedo ; algo que jamás me había sucedido. Mi cuerpo quedó congelado debido al terrible susto que se apoderó de él.

Segundos después, pude gritar.  Mis amigos salieron de los escondites y me rodearon. Con la voz entrecortada, pude contar apenas lo sucedido. Les costó creerme, pero yo aún estoy convencida de que el hecho fue real.

Pocos días después, buscando información en la biblioteca, leí que un niño había fallecido en el cementerio de mi pueblo en extrañas condiciones hacía varios años,  un 10 de octubre; la misma fecha que mis amigos y yo fuimos al cementerio

R.R.

El espíritu del eco

En un lejano pueblo del sur argentino, una familia fue a acampar a orilla del lago Nahuel Huapi.

 La familia estaba integrada por los padres, Carlos y Elsa y sus hijos,Tobías y Agustina.

 Al llegar armaron la carpa, comieron y se acostaron. Tobías, el hijo, sintió ruidos muy extraños; se levantó, salió de la carpa, alumbró con la linterna y vio pasar algo muy rápido. Hizo dos pasos y escuchó dos fuertes pisadas. El chico sin esperar, fue y le avisó a su papá.

El padre, muy asustado por lo que Tobías le había contado, salió de la carpa y vio pasar efímeramente una luz roja.

El hombre llamó a su familia. Levantaron campamento y se marcharon.

Durante el viaje escucharon un eco de una voz que decía: – Van a morir todos.

La familia comenzó a incomodarse; ya ninguno hablaba. Nuevamente, una voz los estremeció.

-Todos morirán al llegar a la gran curva.

La neblina comenzó a cubrir la ruta y el silencio se apoderó de todos.

Al llegar a la curva el auto desapareció y sólo quedó en el aire el eco de los gritos.

A la mañana siguiente, un grupo de estudiantes acamparon a orillas del lago. Un extraño hombre se acercó a ellos y les dijo:-Tengan cuidado, el espíritu del eco anda suelto.  

M.G.P.

Un misterioso castillo

Cierta noche de tormenta, donde bramaba el fuerte viento que a los árboles castigaban sin piedad; entre relámpagos y truenos,  el jinete apuraba su caballo . La fuerte lluvia no le permitía divisar el Castillo, pero… allí , muy cerca , una tenue luz lo orientó. El castillo era enorme. Golpeó la puerta  varias veces apurado. El frío lo hacía temblar y sus ropas estaban totalmente mojadas. La puerta se abrió, pero… nadie lo recibió. Entró; todo estaba en penumbras  y total mente en silencio .

  De repente, la puerta se cerró sola ; pensó que era el viento. Otra puerta se abrió como invitándolo a entrar a esa habitación .Avanzó temeroso .Entró;  sólo los relámpagos iluminaban el lugar .Una silla corrió sola hasta rozar sus piernas,  se sentó y esperó. Ya nervioso,  pensó en escapar de allí.

 Pasó un instante y se encendieron las luces ; observó la habitación. Tenía muchos espejos y pocos muebles. Volvió a apagarse la luz y observó que en cada espejo,  aparecían imágenes fantasmales , horribles, espectrantes . Intentó salir corriendo de allí, pero… la puerta no se abrió;  las siluetas se le acercaron con instintos salvajes y comenzaron a desgarrarle la ropa .

  El jinete atinó a romper una ventana  y salir por allí, con sus ropas desgarradas por las bestias, silbó  llamando fuerte a su caballo y escapó al galope sin mirar atrás, espantado de tanto horror.

S.C.                                                                                           

UN ABUELITO BONDADOSO

 

Una vez, un abuelito llamado José vivía en un barrio muy marginal.   Al pobre ancianito, su familia lo había abandonado y él se sentía muy mal por eso.

  Un día de lluvia, tomó el paraguas y fue a comprar el diario. Pero cuando iba llegando al negocio, vio a un niño de aproximadamente seis años, corriendo entre la lluvia y pidiendo dinero para comprar alimentos, ya que tenía mucho hambre.

  El abuelo se acercó y le preguntó qué le pasaba. El niño le contestó que sus padres no tenían dinero y lo habían abandonado.

  Al abuelito le dolió mucho lo que dijo el niño. Entonces le dijo que no se mojara más y que lo llevaría a su casa.

  Cuando llegaron, el hombre prendió la estufa y puso a secar la ropa del niño. El chico le agradeció mucho y le preguntó si se podía quedar a dormir por esa noche. El abuelo, con tal de ayudar, hacía cualquier cosa, y la respuesta fue que sí. Fue un sí que duró años.

  Fue así que los años pasaron y el niño se convirtió en un joven con estudio, gracias al anciano; quien se sentía mal debido a su exceso de edad.

  El muchacho, que había aprendido a quererlo como padre, le devolvió todo el amor que había recibido.

  Meses después, José falleció. El joven prometió en su tumba ser el hombre de bien que José le había enseñado para afrontar las dificultades de la vida.

 N&T

 

 

 

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